viernes, octubre 24, 2003

La Parra es un pequeño pueblo enmarcado en la Sierra de Gredos, en Ávila España.
A mediados de los años 70 este era un pueblo sin luz ni agua corriente. El tiempo se había detenido en esta aldea de pocas casas, enclavada en uno de los paisajes más impresionantes de la península. No son pocas las personas que se han perdido por los interminables bosques de pinos; en aquel entonces, lejos de cualquier atisbo de progreso y modernidad.

Por las noches, el alma se petrificaba al escuchar el lastimero y aterrador aullido de los lobos.
Las cumbres eran dominadas por la cabra hispánica y el oso pardo. En los valles campeaban ciervos, jabalís, linces, zorros, y, además de los lobos, manadas de peligrosos perros asilvestrados. Esos que los dueños abandonan a su suerte cuando son un estorbo y terminan formando grandes grupos que acechan los lugares poblados, oportunistas ellos, esperando cualquier ocasión que se les presente para comer. Como fueron criados por el hombre, no le temen, y, a diferencia del lobo, llegan a atacarlo sin ningún motivo.

Los bosques de pinos no tenían fin. Uno podía caminar por días sin salir de ellos. El aroma era penetrante y enamorador. Uno no podía dejar de enamorarse de tanta belleza; de tanto canto de pájaros; de tanto frescor; de tanta libertad...

A 12 Km de la Parra, por un camino de herradura que transcurría orillado por helechos y culantrillos, se llegaba a La Residencia Marianista de La Parra, antiguo hospital de tuberculosos, convertido después de la guerra civil en casa de retiro para los seminaristas Marianistas. Era una construcción monumental, que nos sorprendía imponente al dar la última curva en el camino del bosque. Setenta y una habitaciones, varios ambientes, un gran comedor con chimenea, y una capilla. En los alrededores se encontraban las huertas, los establos, gallineros, porquerizas y la cabaña de los guardeses, que no la usaban. Todas las tardes al caer el Sol, se veía a Maria, la cocinera, y a Eugenio, el hortelano, caminar cansinamente hacia La Parra, acompañados por su pequeño perro montado en el burro. El único residente fijo de la residencia era el padre José Antonio Zubigaray. Hombre delgado, de brillante calva, ojitos vivarachos escondidos tras unos anteojos cuadrados de concha gris, siempre con una enorme y cálida sonrisa; con su aspecto cándido, me recordaba un poco al “ Pepe Grillo” de Pinocho.

Di con el lugar cuando estudiaba en el colegio Marianista “ Nuestra Señora del Pilar “ de Madrid, y en una ocasión en la que un cura me escuchó comentar que quería pasar Semana Santa tranquilo y solo, me habló de él, y me dio una recomendación escrita para el padre José Antonio. Con el tiempo, nos hicimos grandes amigos. Fueron años de visitas sin avisar; de sorpresa y alegría para el padre, quien veía siempre en mis saltimbanqueadas de adolescente una excelente ocasión para romper su rutina.

El autobús de Madrid me dejaba en La Parra bien temprano en la mañana, cuando comienza a salir el pan de los hornos y resulta imposible no caer en la tentación de comerse uno cuantos como desayuno. Recorría el camino a la residencia acompañado por los latidos de mi corazón, impaciente por saber que nuevas había. En la hora larga que tardaba en llegar, mis pulmones aprovechaban para limpiarse de la contaminación de la ciudad y me concentraba en el silencio y el esporádico canto de mirlos, jilgueros y ruiseñores. El aire fresco y cargado de aromas iba renovando mi espíritu y cargándome de energías.

A medio camino, hacía un alto en la “Fuente de los Ladrones” para refrescarme con el agua del manantial que caía desde una cascadita y llenaba el gran reservorio de piedra cubierto de verde y húmedo musgo. Se llamaba así porque en la Edad Media los asaltantes de caminos esperaban a que algún incauto caminante se detuviera allí para caerles encima. Cuentan que Santa Teresa de Jesús y Santo Tomás de Aquino, entre otros, bebieron de sus aguas y se sentaron a descansar bajo la fronda de sus árboles.

Era el segundo año que frecuentaba la residencia y el padre festejó mi regreso, como siempre lo hacía: con un buen abrazo y un “cuéntame de Madrid “... Después de la conversa de rigor, acompañada de un buen tazón de café con leche y un chorro de vino tinto, típico de la región, me acomodé en el mismo cuarto de siempre. Abrí las ventanas para ventilarlo un poco. Era finales de julio y el verano estaba en todo su apogeo. El aire dentro de la residencia era fresco y seco, y al caminar, el ruido de los pasos hacía un poco de eco. Busque a Maria y a Eugenio para saludarlos y ver que planes había en la huerta para ocupar el tiempo en algo más que paseos.

Nunca imagine que en esa ocasión viviría una experiencia tan extraña como la que me ocurrió días mas tarde. Para mí, esta región y estos bosques, tenían una magia especial. Estaban llenos de duendes y hadas (aunque suene ridículo); y el hecho de que durante siglos se mantuvieran intactos alimentaba más mi imaginación llenando cada rincón y cada claro del bosque de historias jamás contadas. Conocía varios lugares en el bosque, cada uno de ellos tenía su momento especial. La Fuente de Monbeltrán, para los amaneceres; para el medio día la helada poza de agua a un cuarto de hora de la residencia, en medio de un paraje de ensueño; para la puesta del Sol, la explanada de la Virgen del Pinarillo o la Silla del Rey, trono natural de roca, desde el que se divisaban los cinco pueblos del valle, cada uno con su castillo, sus campos de cultivos y el Sol ocultándose justo detrás, formando un juego de luces, sombras y colores que cortaban la respiración

Un año atrás me había hecho amigo de una perra asilvestrada ( cosa rara por lo agresivos que son estos animales). Fue durante el invierno; uno de los mas fríos de los últimos años. Tanto cayó la temperatura que las cabras hispánicas bajaron del Puerto del Pico al valle buscando pasto y un poco de abrigo. La perra abandonó a su jauría y se acercó a la residencia en busca de comida y antes de que se comiera una gallina, la alimenté. Desde entonces fuimos amigos. Nunca la acaricie; no se dejaba, y se limitaba a rozar mi mano con su nariz como expresión de cariño. Era un animal grande, del tamaño de un pastor alemán, color caramelo y ya era típico que me esperara en la puerta de salida de la cocina después de almorzar. A esa hora en que el incesante canto de grillos y cigarras invitan a la modorra y a la siesta veraniega, Brava y yo salíamos de caminata. Unas veces el paseo lo dirigía yo; otras veces era ella la guía y simplemente me limitaba a seguirla. Me sentía seguro con ella. Cuando me tocaba a mí dirigir la caminata, generalmente enrumbaba hacia Monbeltrán, para adentrarnos en los viejos robledales, más misteriosos que los bosques de pinos. En ellos todavía se podían ver los corrales de piedra que levantaron los antiguos pastores en la época de las mestas, cuando la trashumancia les obligaba a tener reservorios de frutos secos, casi siempre bellotas y castañas para tener reservas de emergencia en su largo recorrido en busca de mejores pastos para su ganado durante el invierno.

Al cabo de unos días de estadía, le tocó a Brava dirigir la caminata. Me llevó como siempre por lugares nuevos y, en esta ocasión, hacia un riachuelo de aguas limpias que corría cerca de un camino que nunca antes había visto. Sin más, siguió el camino y yo tras ella. No me preocupaba el regreso, pues Brava se encargaba de dejarme sano y salvo en la residencia para después desaparecer hasta el día siguiente. Metido en mis pensamientos seguí el caminito y en un recodo, a la izquierda, se abrió una explanada que terminaba en el riachuelo y estaba sembrada de varias higueras. A un lado de la explanada saliendo prácticamente de una pequeña colina, había una cabaña de piedra con puerta de madera y una gran cerradura. Las brevas estaban en su mejor momento, todas con su gotita de miel en el extremo grueso del fruto y por la cantidad que había en el suelo, era evidente que nadie las cosechaba. No recuerdo el momento en que la perra desapareció pero no le di importancia. Toda mi atención estaba puesta en las brevas. Recogí las que vi mejores e improvisando un costalillo con mi camisa, me llevé algunas a la orilla del arroyo y, con los pies en remojo, empecé el banquete. Eso era vida... lejos de todo, miel en la boca y un lugar maravilloso; que más.

Al rato escuché el chirrido de una bicicleta mal engrasada y apareció por el camino, el típico aldeano de chalequillo negro, pantalón de mezclilla y boina color “caca de mosca” ladeada en la cabeza. Era bajito y tenía una peculiaridad que me llamó mucho la atención: era un gran lunar en la mejilla derecha. Parecía un peludo injerto de piel de cabra, mitad blanco, mitad negro. “¡ Chaval !” me gritó levantando la mano como saludo. Contesté el saludo y me incorporé de inmediato suponiendo que era el dueño del terreno. Me presenté y le dije que estaba alojado en la residencia. Se alegró mucho, pues dijo ser gran amigo del padre José Antonio. Se quitó las alpargatas y dándome unos golpecitos en la espalda, se sentó a mi lado remojando conmigo los pies en el arroyo. En efecto, era el dueño de esas tierras y de otras que usaba para labranza en Arenas de san Pedro. Se presentó como Juan Crisóstomo y pasamos buena parte de la tarde en una amena conversación. Era del mismo Arenas de San Pedro y se sentía muy orgulloso de sus hijos, pues su hija la mayor, era secretaria del alcalde y el segundo, estudiaba empresariales en la Universidad Complutense de Madrid. Ellos no serían “paletos “ como él, que con las justas sabía leer y escribir. Un gran tipo Juan. La tarde paso rápida y amena y, aunque en verano anochece tarde, decidí que ya era prudente emprender el regreso.

“ El curita se muere por los higos “ -me dijo antes de despedirnos- “ y hace tiempo que prometí llevarle una bolsa grande llena”. Me pidió que se la llevara por él, y yo acepte encantado. Sacó una gran llave de su bolsillo y me llevo hasta la cabaña. La puerta sonó como si no la hubieran abierto en años. Por dentro era simple: algunos aparejos de labranza, un camastro y un brasero para los días fríos que a la vez servia de cocinilla. De un estante sacó una vieja bolsa del Corte Ingles y empezamos a recolectar los higos para el padre. Una vez llena la bolsa, nos dimos la mano y le prometí volver antes de regresar a Madrid.

Enrumbé por el camino con cierto temor de no saber exactamente como llegar a la residencia. Brava no asomaba el hocico para nada así que seguí solo. El aire estaba un poco más fresco y el regreso se me hizo rápido.

Entré directamente a la cocina y dejé la bolsa con los higos sobre una mesa, bien a la vista para que Maria los acomodara. Fui a mi habitación para pegarme un duchazo antes de bajar a cenar con el padre. Ya limpio y refrescado entré al comedor y el padre que estaba en todas, me preguntó por la bolsa de higos. Le conté lo ocurrido y diciéndome que esperara se fue a llamar a Eugenio. Los noté un poco alterados y Eugenio me pidió que le contara todo con detalle. Yo extrañado comencé por describirlo; cuando les hablé del lunar en la mejilla, vi como empalidecían. Para esto, ya estaba María con la boca abierta entre el padre y su marido. Le hablé de su hija la secretaria y del hijo estudiando en Madrid. Y que le había prometido al padre una bolsa de higos. María se puso a llorar y el padre sentándose en una de las sillas de la mesa me dijo, con cara de desconcierto, “ supongo que estas cosas pasan “. Evidentemente a esas alturas, ya me podía imaginar lo que pasaba y oleadas de escalofríos recorrían mi cuerpo. La última vez que el padre vio a Juan Crisóstomo fue hace siete años; estaban conversando cerca del castillo de Doña Urraca en Arenas de San Pedro. Al despedirse, el padre le pidió a Juan unos higos y cruzando la calle este levantó la mano y alcanzó a decir que esa misma tarde se los llevaría a la residencia, cuando un camión lo arroyó. Con las justas consiguió confesarlo antes de morir.

El día anterior a mi partida a Madrid, regrese al campo de higueras. Me sentía un poco como en casa. Repetí el ritual de recoger higos y remojar los pies en el arroyo. La perra volvió a desaparecer y me quedé largo rato meditando sobre lo ocurrido. No pasó nada extraño; todo estaba tranquilo y una sensación de deber cumplido me acompañó de regreso a la residencia.

Veinte años después volví a La Parra. Ya no es una aldea, es todo un gran pueblo con tragamonedas y sala de pínbol. Los edificios, la mayoría de ellos de tres pisos y de dudoso gusto se intercalan con las casas típicas de antes. Todavía huele a pan recién horneado por las mañanas, pero ya no es lo mismo. Los enormes bosques sucumbieron a la tala y a la quema para ganar pastizales y campos de cultivo. Ayudó bastante a la deforestación la imprudencia de los campistas que prenden fuego sin cumplir con ninguna medida de seguridad. El camino a la residencia ya no transcurre entre bosques. La pista está asfaltada y algunos retoños de pinos asoman de vez en cuando. La misma residencia ahora está en un páramo. Para llegar al bosque hay que caminar. Ya no campan a sus anchas los ciervos y los jabalís. Hace tiempo que exterminaron a los lobos, culpándolos de las atrocidades que cometían los perros asilvestrados. La emblemática cabra hispánica esta el borde de la extinción y no busquen al oso pardo: no lo van a encontrar. El nuevo cura a cargo, me recibió con frialdad. Frialdad que no dejo de exhibir aunque le dije que yo había sembrado los jardines de la entrada hace veinte años. El padre José Antonio Zubigaray ya se había retirado y de seguir vivo debía estar en el norte en algún lugar del País Vasco. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas me entristezco. Sé que el mundo tiene que cambiar; lo que todavía no entiendo es porque el cambio debe significar destrucción de lo que era bello antes de que el hombre lo pisara.

Pensé un rato en Juan Crisóstomo y preferí imaginar que su espíritu desapareció junto con los lobos y los linces.

Para hoy día me han ofrecido publicar un articulo, que esta relacionado con las costumbres de algún lugar del Perú, estoy seguro que va a ser de interés, les contare que estoy con un dolor de muela que no me deja, y es la del juicio la que me duele, creo que tengo una caries, seria la primera caries en mi vida, pero el tema del dentista me enferma mas que el dolor de muela, habrá que superarlo.

martes, octubre 21, 2003

Disculpas, es todo lo que tengo que pedir
Jamás pensé que actualizar un blog fuera tan difícil, sobre todo ahora que tengo dificultades para tener acceso a una maquina, pero regresaremos con algo nuevo de vez en cuando.
A aquellos que me leen ¿no se si habrá algún fiel Lector?, PST PST ¿Hay alguno?, se habrán dado cuenta que mi amigo Dino desapareció, y que hele se aparece de vez en cuando, así que llevar la tarea de a tres parece que tampoco funciona.
Pues abra que ponerle empeño y regresar por acá de vez en cuando

jueves, octubre 16, 2003

Despues de un mes Frixo actualiza su página, lo ultimo de Bolivia, en vivo, visita VENTURAS Y DESVENTURAS DE FRIXO

lunes, octubre 13, 2003

Feliz y Contento, ayer vi la carrera mas emocionante del campeonato de Formula 1, un Schumacher, que arranco en el puesto catorce remontar posiciones, chocar para perderlas y nuevamente subir hasta llegar al octavo puesto para hacer ese único punto que necesitaba para campeonar, un Barrichelo volar en su cavallino, sacarles a todos 28 segundos, dejarlos atrás bien atrás, Ver a Montoya abandonar por no tener una buena maquina, pásate a Ferrari compadre. Lindo el campeonato este año esperemos el próximo.

Mas información, Victoria, Página de Ferrari

sábado, octubre 11, 2003

bien bien mañana es la final del campeonato y ya somos campeones, este año en Zuzuka la Ferrari Campeona, otro año mas

domingo, octubre 05, 2003

Lugares donde tomar café bueno, en Lima:

Cafeteria 4 D, en Angamos Miraflores
Cafeteria San Antonio, 28 de Julio Miraflores
Cafeteria Italiana, ultimas cuadras de Larco
Cafeterias Laritza, varios lugares, Miraflores, San isidro, San Borja
Haiti, Parque de Miraflores
Cafe Vivaldi, Miraflores y San Isidro
Gianfranco. Av Angamos

Yo tomo café dos o tres veces diarias, siempre acompañado de un cigarrillo y un vaso de agua, y de familiares o amigos, el momento del café es el momento de reflexión o de contar las cosas que nos han sucedido durante el día. Cuando trabaje en la CIA de Seguros Atlas en el centro de Lima, salía a una cafetería donde todos los ejecutivos tomaban café, ahí me inicie en el culto al café, después en Arequipa, siempre encontraba el momento de salir a las 10 AM, y me reunía con un grupo de cafeteros, de lo más diverso, nunca los vi en otro sitio que no fuera la cafetería, y conversábamos y bromeábamos como si fuéramos amigos de toda la vida, el café nos unía por 10 minutos.

Pero yo tomo café Express ese chiquito, tinto y dulce lo mejor para despejar la mente y seguir con la rutina del día. En la casa obviamente tengo mi cafetera Express moka Bialetti Caffe'.Italia

jueves, octubre 02, 2003

CaballinoRampante

Mi pasión, desde temprana edad, ha sido seguir la Formula 1, y extrañamente desde que empecé este blog no he publicado nada al respecto.
La verdad que el campeonato de este año estaba bastante complicado pero la ultima carrera en Estados Unidos, me ha traído de vuelta el alma al cuerpo. La Ferrari, que tenia amenazado el campeonato, ha vuelto por sus fueros y conducida por Schumacher volvió a ganar, su sexta victoria en el campeonato, y salvo una desgracia en Zuzuka volverá a tener el campeonato de Pilotos, y el campeonato de marcas.
De ganar Schumacher habria ganado seis campeonatos del mundo y seria el primero en lograrlo, definitivamente es el mejor piloto del momento y eso que la prensa se lo trajo a bajo, porque no andaba bien, pero su calidad salio a relucir

miércoles, octubre 01, 2003

Hay un viejo aforismo que dice que al dinero llama al dinero, y el caso más sorprendente es el caso de Antonio Meucci, que quien es él, es el verdadero inventor del teléfono, quien por no tener US$ 10.00 no pudo renovar la patente, registrada en Nueva York.

Pero aun más interesante es el hecho es que él visito a la Western Union, compañía donde trabajaba Graham Bell, con todos los documentos que sustentaban su invento y fueron extrañamente perdidos, para que dos años mas tarde Bell registrara la patente a su nombre, ¡se los robo!.

Recién en el 2002, el congreso Norteamericano reconoció que Meucci es el verdadreo inventor del teléfono. ¿ Le reconoceran a la familia los derechos economicos?.
Antonio Meucci