lunes, junio 30, 2003

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Después de manejar 20 horas el día anterior y de haber sufrido a un psicópata que se la pasó golpeando tuberí­as por la noche en el hotel de Barranca, algo repuestos, emprendimos los 265 Kms que nos separaban de Chimbote.
La belleza del desierto, nos terminó de recomponer. Los tonos de ocres, eran infinitos y en algunos tramos, las dunas, parecí­an de terciopelo. Podí­as imaginar que estabas en pleno Sahara.
Menos mal, que la camioneta ya esta viejita y en las subidas se chupa un poco , porque en una curva en cuesta, un imbécil decidió adelantar a un camión. De no ser por la baja velocidad que llevábamos, en estos momentos no estaría escribiendo esta nota. Yo giré hacia mi derecha y el tarado frenó bruscamente y al retomar su carril, le beso el culo al camión. En una fracción de segundo llegué a ver la cara de pánico que poní­a la copiloto del bestia. Tenia la boca abierta ( seguro que de puro alarido ) y en segundos se puso roja como el ají
A Dios gracias no paso del susto.
Ya habí­amos pasado la fortaleza de Paramonga. Esta totalmente mimetizada en el cerro que la soporta y entrecerrando un poco los ojos, puedes ver un autentico castillo medieval.
Las playas que se iban sucediendo a lo largo del litoral, eran a cuál más bonita que la otra. Con Angelo, nos hicimos la promesa, que de seguro quedara incumplida, de algún día con tiempo, visitarlas todas. En una de ellas, se habí­a formado una especie de atolón y la rompiente en ese punto era circular. El efecto era increíble: un circulo de espumas furiosas que saltaban disparadas por la fuerza de las olas.
Llegamos a Huarmey y seguimos rumbo a Casma.
Lindo pueblo el de Casma. Todas sus calles están arboladas; se ven Poncianas por todos lados. Limpio y ordenado, es una pena, pero en Perú, eso llama la atención. Se respiraba paz y de manera instintiva, uno buscaba un cartelito de "se vende" en alguna chacra de los alrededores. No sé para que, porque igual no la iba a comprar. Pero el saber que siempre cabe la posibilidad, te da ánimos.
Si alguien pasa por ahí, no deje de comer en el restaurante "la Libertad". Realmente de gloria. Pequeño, humilde, limpio como todo por esos lares, y con una mano para el fogón, de chuparse los dedos.
Ya nos falta el ultimo tramo a Chimbote.
Aquí el desierto se vuelve un poco más duro e inhóspito. Imaginar una averí­a por estos parajes, llega a inquietar.
Después de 4 largas horas, llegamos a Chimbote. Esta mejor de cómo yo lo recordaba y por lo menos, no apestaba a harina de pescado.
Lo único que desespera de esta ciudad es el total y absoluto caos vehicular. Los Ticos ( taxis diminutos ), hacen de colectivos ( es decir, cargan varios pasajeros que hacen la misma ruta ), por cientos y todos tocan la bocina al mismo tiempo. El ruido es realmente enloquecedor.
Angelo, no paraba de gritarles que se metieran el claxon... ahí mismo.
Hicimos nuestro contacto para ir a ver la mina de carbón y emprendimos con las mismas el viaje hacia la mina siguiendo el curso del rí­o Santa. Es el mismo camino que se podrí­a utilizar para llegar a Caraz.
Sin sospecharlo siquiera, estábamos por emprender uno de los peores viajes de nuestras vidas.